Glicinas, corsés y secretos: Lo que la alta sociedad no quiere que sepas

 


Queridos y amables lectores,

Si pensabais que nos íbamos a quedar sin una buena dosis de chisme esta semana, lamento decepcionaros. Esta vez, el drama huele a perfumes caros, a mansiones con glicinas colgando por las paredes, pelucas que desafían las leyes de la gravedad y suena a Taylor Swift interpretada por un cuarteto de cuerda que claramente se equivocó de siglo. Sí, hablo de Los Bridgerton.

Lo primero que hay que aplaudir de Shonda Rhimes es su capacidad para decir: "¿Rigurosidad histórica? No la conozco". Y sinceramente, ¡qué fantasía! Ver un Londres de la Regencia donde la multiculturalidad no solo existe, sino que domina la corte con un estilo impecable, es lo más refrescante que le ha pasado a la televisión en años.

Olvidaos de las clases de historia aburridas donde todo era incoloro y polvoriento. Aquí tenemos reinas afrodescendientes con pelucas que albergan ecosistemas enteros y parejas interraciales que destilan una química que hace que mi aire acondicionado pida clemencia. Es inclusivo, es vibrante y, sobre todo, es guay. Si la aristocracia inglesa hubiera sido así de diversa y divertida en la vida real, probablemente el Imperio Británico habría colapsado mucho antes por pura falta de tiempo entre tanto baile y flirteo.

La serie sigue una fórmula sencilla: cada temporada coge a un miembro de la familia Bridgerton (que, por cierto, son todos guapísimos) y lo lanza a un salón de baile a intercambiar miradas que queman más que el té recién servido. 

Mi querida Eloise es, sin duda, la única neurona funcional en esa casa llena de gente obsesionada con casarse. Mientras sus hermanas miden su valor por el ancho de sus faldas, ella está ahí, con un libro bajo el brazo, sus muecas de desagrado, su sarcasmo afilado y ese deseo ferviente de prenderle fuego al patriarcado. Es la rebelde con causa que todos necesitamos para no morir de sobredosis de azúcar. Verla navegar entre pretendientes que tienen el carisma de una patata hervida es, sencillamente, cine.

Los Bridgerton es el equivalente televisivo a comerse una caja entera de bombones: sabes que tiene demasiada azúcar, sabes que probablemente te va a dar dolor de tripa, pero no puedes parar. Es un desfile de vestidos de época, una lección de glamour y buen gusto, un videoclip de Love Story de larga duración y el lugar donde los secretos duran menos que un rumor en un pueblo.

Así que, mientras esperamos a que Lady Whistledown suelte la próxima bomba yo me quedo aquí, analizando cada reverencia y cada abanico. Porque, seamos sinceros: todos preferiríamos estar en una fiesta donde el mayor problema sea que el Vizconde no te ha sacado a bailar.

Se despide con una pluma afilada y un corsé demasiado apretado,

Vuestra bloguera de confianza.




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