Stranger Things: ¿Nostalgia ochentera o la gallina de los huevos de oro de Netflix?
Hoy toca viajar a una época donde los únicos seguidores que podías tener eran tus cuatro amigos en bicicleta. Stranger Things es, posiblemente, el mayor éxito de Netflix, pero también el ejemplo perfecto de cómo una serie puede empezar como un homenaje a Stephen King y acabar convertida en un bucle dimensional donde parece que nadie muere. Y sí, la serie ya ha terminado, así que, si te vas a quejar de spoilers a estas alturas, haberte dado prisa en ver los capítulos.
Lo que hace que esta fórmula funcione no es solo la estética vintage, esa envolvente combinación de rojo y azul, o que Eleven tenga poderes mentales; es nuestra propia necesidad de refugio.
La serie es una máquina del tiempo con una banda sonora legendaria que nos vende una infancia idealizada: esa donde los niños vivían aventuras sin móviles, se comunicaban por walkie-talkies y el mayor drama era que se acabaran las pilas de la linterna. Quizá por esto los millennials nos sentimos especialmente representados; porque vivimos las dos eras, la analógica y la digital, y ver Hawkins es como volver a casa, a nuestra infancia feliz.
La serie nos entra por los ojos con sus neones y chaquetas vaqueras (especialmente la tercera temporada que gira en torno al centro comercial Startcourt), pero se nos queda en el corazón por la lealtad de una pandilla que no duda en jugarse el pellejo por salvar a su amigo Will.
A medida que avanzamos entre dimensiones, nos encariñamos con un elenco que es, en realidad, el alma de la serie. Los personajes son tan dispares y están tan bien dibujados que el realismo traspasa la pantalla:
Joyce es la madre soltera al borde del colapso que busca incansablemente a su pequeño. Al principio todos la tachan de loca, pero termina dándoles una bofetada de realidad al dar con la clave para rescatar a Will mediante el abecedario con luces de Navidad que fabrica en la pared de su casa (idea brillante). Destaco el papelón de Winona Ryder, que hace que se te pongan los pelos de punta al representar esa ansiedad permanente de una madre desesperada.
En el otro lado de la balanza tenemos a Hopper, el típico jefe de policía americano vago que parece que solo sabe comer donuts y estar tirado durmiendo hasta que su turno termina porque vive en un pueblo en el que "nunca pasa nada", hasta que el grupo de niños lo arrastra a la acción y termina adoptando a Eleven como hija.
Y hablando de Eleven, aunque ella sea el centro de la trama, a mí me gana más Mike. Él encarna la inocencia y la ternura en estado puro. Más allá de una niña con cara de enfado y superpoderes, lo que de verdad me atrapa es el amor de Mike por ella; esa forma de protegerla desde el primer segundo, escondiéndola en su sótano para darle un refugio donde pasar la noche. Ese cariño y apoyo incondicional que le brinda, y que siempre la hace sentir incluida y como uno más del grupo.
Pero si alguien se lleva la palma es Steve Harrington, con el arco de redención más espectacular de la televisión. Pasó de ser el guaperas gilipollas al que querrías dar un guantazo, a convertirse en la niñera oficial del grupo sin despeinarse un solo pelo de su icónico tupé (no por nada le llaman "Steve Pelazo Harrington"). Quizá nos gusta tanto porque empatizamos con sus plantones amorosos; al final, el chico popular no tenía la vida tan idílica como cabría esperar del chico más popular del instituto Hawkins. Mención especial al duo tan genial que hace con Dustin.
Esta serie es un canal transmisor de buen rollo, del valor de la amistad, del amor, la fammilia, y de esa lealtad inquebrantable que nos hacer creer que, mientras estemos juntos ningún monstruo es demasiado grande para ser derrotado.
Sin embargo, hay que admitir que el cierre no fue el final épico que todos esperábamos. Tras dejarnos con un hype tremendo con el final de la primera parte de la quinta temporada y el bombazo de que Will también tenía superpoderes, todos esperábamos una batalla final que se quedó un poco a medias. De un ser tan malvado como Vecna cabía esperar un despliegue de destrucción y un ejército de demogorgons a su servicio, pero se sintió algo descafeinada. Eso sí, para compensar, nos regalaron un momento glorioso: Joyce empuñando el hacha y rematando a Vecna, fue el desahogo que todos necesitábamos.
Para darle un cierre redondo al ciclo y una despedida digna a los fans, nos dejan entre lágrimas con una escena muy similar a la primera de la serie, con la casa de los Wheeler vista desde fuera, y el aspersor regando. Los niños jugando a D&D y Mike como buen Dungeon Master contándonos una historia que no sabemos si es verdadera o no, pero que deja el final abierto a la interpretación del espectador y a lo que cada uno elija creer: si Eleven está viva o muerta.
Al final, Stranger Things es como esa sudadera vieja que no puedes dejar de ponerte aunque tenga algún tomate: es cómoda y te trae buenos recuerdos. Pero lo más inquietante es que, detrás de toda esta ficción, existe una base real. La serie se inspira en el Proyecto Montauk, un experimento real del gobierno de EE. UU. en los años 70 (durante La Guerra Fría) que supuestamente investigaba viajes en el tiempo y técnicas de guerra psicológica en niños. Quizá por eso la serie nos da tanto miedo: porque aunque los monstruos del Mundo del Revés sean CGI, la oscuridad del ser humano es muy real.











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