Adolescence: El peso de la culpa en una sola toma

Si pensabas que los dramas adolescentes eran todo purpurina, hormonas y bailes de TikTok, Stephen Graham ha llegado a Netflix para recordarte que la adolescencia también puede ser una época de cambios, de soledad y de sentir que nadie te comprende realmente.

Lo primero que tienes que saber de Adolescence es que está rodada en plano secuencia. Esto es, una sola toma continua por episodio. Básicamente, el director decidió que los cortes de edición son para los débiles y que lo mejor para transmitir el colapso de una familia es no dejar que el espectador coja aire. Es un despliegue técnico impresionante que genera tanta tensión que, para cuando termina el primer capítulo, sientes que tú también necesitas un abogado de oficio y por qué no, una valeriana.

La premisa es interesante: un chaval de 13 años es acusado de asesinato. A partir de ahí, la serie se convierte en una carrera de obstáculos emocional donde vemos a un sistema judicial británico que tiene la calidez humana de un congelador industrial y a un padre intentando no desmoronarse mientras su mundo explota.

Si hay un momento en el que la serie te agarra de la solapa y te sacude, es la escena del niño con la psicóloga. Es el choque frontal entre la frialdad clínica y la fragilidad infantil. Mientras la profesional intenta diseccionar la mente de un crío de 13 años como si fuera un proyecto de ciencias, tú como espectador experimentas un shock absoluto. Ver a un niño enfrentado a preguntas que ni un adulto sabría responder bajo presión es una experiencia casi física; la cámara no te da tregua, y te obliga a presenciar cada tic y cada silencio roto.

Aquí es donde mi visión se separa del drama victimista habitual: para mí, el crío se pone agresivo sin un motivo de peso aparente. Hay momentos en los que esa supuesta fragilidad desaparece y da paso a una hostilidad que te descoloca por completo. A diferencia de otras series donde el niño es un "angelito atrapado", aquí la agresividad repentina —especialmente en las distancias cortas— te hace dudar. ¿Estamos viendo a un niño asustado o a alguien con una chispa de oscuridad real?

Si rascamos un poco más en esa agresividad, surge una teoría mucho más perturbadora: el comportamiento del crío tiene tintes de un 'incel' en potencia. No es solo que esté asustado; es que parece proyectar un odio específico hacia las figuras femeninas. Esto queda reflejado en el momento en que le grita y se pone agresivo con la psicóloga de repente. No hay una provocación que justifique ese nivel de hostilidad; es una explosión de rabia contenida que parece nacer de un desprecio profundo. Ver esa semilla de misoginia en alguien tan joven es, quizás, el punto más aterrador de toda la serie. Especialmente cuando la trama menciona a la manosfera, ese oscuro ecosistema digital donde los discursos de odio se disfrazan de manuales de masculinidad. Y nos obliga a preguntarnos qué contenido consume este niño (y todos los adolescentes de su edad) en su habitación y si su crimen fue un accidente o el resultado de un odio que el sistema aún no sabe cómo diagnosticar.

¿Y vosotros qué pensáis? Os leo en los comentarios.

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