Ángela: Vivir con el enemigo en casa
Hay un género cinematográfico
que nunca pasa de moda en España: el thriller de casoplón en el Norte. Ya sabes:
lugares profundamente verdes donde siempre está nublado, donde la gente viste
de lino aunque haga un frío de mil demonios y las cocinas son tan minimalistas
que parece que nadie ha frito un huevo allí en su vida. En este ecosistema vive
Ángela, una mujer que nos muestra que, si tu marido parece demasiado perfecto,
probablemente te esté ocultando algo turbio bajo ese suelo de mármol brillante.
La serie nos presenta
a Gonzalo, interpretado por un Daniel Grao que tiene la asombrosa capacidad de
dar miedo solo con la forma en que sujeta una copa de vino. Gonzalo es el
típico tiburón de los negocios: guapo, prepotente y exitoso. Trata a Ángela
como si fuera una muñeca de porcelana a la que no deja hacer nada, pero a la
que, ocasionalmente, le propina alguna paliza. Una vez oí decir que para llegar
alto en el mundo corporativo hay que ser un puto sociópata y pisar a los demás
sin que te importe lo más mínimo; razón no le faltaba a quien lo dijo, y hablo
también desde mi propia experiencia en este mundillo.
Lo que a Gonzalo se
le da de fábula es el gaslighting. Domina el arte de decir: "Cariño, te lo habrás
imaginado", "Estás
cansada, será que no te has tomado la medicación" o el clásico "Mira cómo me pones, me obligas
a ser así", todo pronunciado con esa voz de seda de quien no ha roto
un plato. Es fascinante y desesperante ver cómo la trama disecciona la
paciencia infinita de una mujer que, ante la evidencia de que su marido es un
monstruo, prefiere creer que ella ha hecho algo mal solo porque el resto del
mundo insiste en que él es un hombre maravilloso.
Ángela llega a dudar
de su propio criterio, creyendo incluso que sufre un trastorno esquizoide.
Gonzalo refuerza esta idea con una crueldad clínica, comparándola con su madre
y agarrándose a teorías de genética generacional como a un clavo ardiendo para
convencerla de que su destino es la locura hereditaria.
Lo que eleva a Ángela a otro nivel de cinismo es
el plan de Gonzalo para deshacerse de ella sin perder la custodia de sus dos
hijas. Porque, claro, el tipo es un maltratador, pero también un "padre ejemplar"
ante sus vecinos, su oficina, el colegio bilingüe y el club náutico. Aquí entra
en juego la hermandad masculina: esa red invisible de favores, palmaditas en la
espalda y encubrimiento fraternal que permite que atrocidades así ocurran a
diario.
Para ejecutar su
jugada, Gonzalo contrata a Edu, un tipo con pinta de "chico humilde con
pasado tormentoso", con el fin de que seduzca a su mujer. ¿El objetivo?
Que ella peque, que se enamore, que se convierta en la "loca
adúltera" para poder arrebatarle a sus hijas alegando que es una mala
madre. Es increíble ver cómo estos dos hombres establecen un vínculo basado en
la manipulación ajena. Es esa idea rancia y casi incel de: "Tío, te entiendo, las mujeres
están locas, vamos a arruinarle la vida por un módico precio". Es la
solidaridad masculina en su máxima expresión: si el sistema no te da la razón,
te inventas una realidad alternativa donde tú eres el bueno y ella la
desequilibrada.
El culmen de esta
tortura llega cuando Gonzalo logra lo que todo manipulador profesional ansía: encerrarla
en un psiquiátrico. La convence de que ha perdido el juicio; y la institución
médica le compra el discurso al "marido preocupado". Históricamente,
a las mujeres se nos ha tachado de histéricas cada vez que alzábamos la voz. Al
faltarnos la fuerza física, defendíamos nuestros derechos gritando, y eso
molestaba tanto que nos encerraban, nos lobotomizaban o nos drogaban hasta
borrarnos. Ángela acaba en ese pozo, medicada y anulada, rodeada de paredes
blancas que son la extensión de su propia cocina. Es aterrador ver lo fácil que
es caer en ese agujero si no tienes a nadie que te sostenga la mirada y te
diga: "No estás loca, te
están haciendo creer que lo estás".
El País Vasco de esta serie no es el de los pintxos y la alegría, sino el
de una clase media-alta rancia que habita chalets acristalados donde todo el
mundo ve lo que haces, pero nadie dice nada. La serie utiliza la frialdad del
entorno para subrayar el aislamiento. Porque, seamos realistas, es mucho más
difícil pedir ayuda en una casa de tres plantas con jardín que en un tercero
sin ascensor; en la primera nadie oye tus gritos, mientras que en el bloque de
pisos la vecina del cuarto ya habría llamado a la policía tres veces.
Observar cómo se desmorona la fachada del "buen hombre" es
satisfactorio, pero deja un poso amargo. Nos recuerda que la hermandad de estos
tipos no se basa en el afecto, sino en el mantenimiento del estatus. Es una
dinámica similar a la que el infame Jeffrey Epstein mantenía con sus cómplices
muchimillonarios: proteger el privilegio masculino a toda costa.
En conclusión, Ángela te
hace sentir incómodo y te deja con una sensación de paranoia justificada. Hay
mucho psicópata suelto disfrazado de "buen partido" y, honestamente,
da pavor intentar encontrar pareja hoy en día sabiendo que puedes terminar
metiendo a un asesino en tu casa. No haré spoilers pero me gustó bastante el
final, así que, si tienes la oportunidad, échale un ojo porque te sorprenderá.
Si tu marido te propone un futuro
idílico donde él maneja los hilos para que seas feliz mientras controla cada
uno de tus movimientos, huye. Huye hacia los montes vascos en busca de Jacob
Elordi (o de la soledad más absoluta, que es más segura) y no mires atrás.
Porque al final, para hombres como Gonzalo, la verdad es opcional; pueden
comprarla y alterarla con dinero y poder. Para este tipo de perfiles, lo
importante es que la cena esté a su hora, las camisas perfectamente planchadas
y las apariencias impolutas, como el mármol de esa cocina donde Ángela
comprendió que su mayor enemigo no era un extraño, sino el hombre que dormía a
su lado cada noche.

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