Avatar de James Cameron: ¿Regreso al futuro o viaje al pasado?
La semana
pasada nos sumergíamos en la nostalgia de los 80 con Stranger Things,
pero hoy toca aterrizar en el futuro para diseccionar un fenómeno que genera
tantas pasiones como dudas.
Podríamos decir
que esta película es un canal transmisor de los valores de la amistad, el amor
y la familia, pero si rascamos un poco la pintura azul de sus protagonistas,
nos encontramos con una realidad incómoda: el cine de Hollywood se está
quedando sin ideas y ha decidido que la solución es envolver los clásicos de
siempre en papel de regalo digital.
No nos
engañemos. James Cameron no ha inventado un universo nuevo; ha construido un
parque temático sobre guiones que ya nos sabemos de memoria. Avatar es, en
esencia, Pocahontas en el espacio con una fuerte dosis del mito de Burroughs; tenemos
al "salvador" que llega de una civilización decadente, se enamora de
la hija del jefe nativo y, en un alarde de superioridad narrativa, termina
siendo más experto de la selva que quienes llevan milenios viviendo en ella. Al
igual que Tarzán se convierte en el "Rey de los Monos", Jake Sully
domestica al gran Toruk en tiempo récord. Es el eterno tropo del hombre blanco
que viene de fuera a dar lecciones, incluso de cómo ser un buen indígena.
La película
plantea un dilema sobre la otredad que resulta casi insultante por su
sencillez. Nos presenta a los humanos como colonizadores despiadados que llegan
al "Nuevo Mundo" con la única intención de saquearlo todo, sin tener
en cuenta a los nativos ni la riqueza de su cultura.
Pero el gran
interrogante es: ¿Quién es más salvaje? ¿Los Na’vi, que viven en una simbiosis
mística y respetuosa con la naturaleza, o nosotros, que llegamos arrasando con
la vegetación, imponiendo nuestras reglas y destruyendo ecosistemas enteros
solo por el dinero? Como de costumbre, la barbarie no está en la flecha, sino
en el misil que se dispara desde un despacho. Y los civiles que mueren son
meras cabezas de turco que pierden la vida luchando por los intereses ocultos
de otros disfrazados de religión o política.
Visualmente,
Pandora es un prodigio de luz y color, de eso no hay duda. Pero, ¿es
suficiente? A menudo, la película se pierde en secuencias de acción
innecesarias y demostraciones de músculo técnico que no aportan nada a la
trama. Parece que el cine actual prefiere deslumbrarnos la vista para que no
nos demos cuenta de que detrás de todo ese brillo el guion está vacío.
Estamos
revisitando los clásicos (Tarzán, Pocahontas, Bailando con lobos, John Carter)
porque parece que nos da miedo explorar historias nuevas. Preferimos el refugio
de lo conocido, aunque eso signifique ver la misma película por cuarta vez,
solo que con más píxeles y mejor resolución 3D. (¿Soy la única a la que el 3D
le da un poco de mareo?)
Al final, Avatar nos deja una
sensación agridulce. Nos maravilla como espectáculo, pero nos decepciona como
historia. Es un recordatorio de que la tecnología puede crear mundos, pero solo
la originalidad puede crear leyendas. Es un collage cinematográfico: tiene el
activismo ecologista de Ferngully, la redención del soldado de Bailando con
lobos, el misticismo del elegido de Dune y la épica del guerrero converso de El
último samurái. James Cameron ha construido una catedral visual, sí, pero los
ladrillos son de segunda mano.
¿Y vosotros qué
opináis? ¿También sentís que Hollywood se está quedando sin ideas frescas y nos
está vendiendo los clásicos reinterpretados o el mismo perro con distinto collar
(en este caso azul)?


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