Ozark: ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para salvar tu vida y la de tu familia?


Hoy hablamos de Ozark, una serie que por el título y la portada no me decía mucho, así que confieso que empecé a verla un poco a ciegas. Tras el primer capítulo, me quedé atrapada. No por la acción frenética, sino por la cara de absoluta calma del protagonista, Marty Byrde (Jason Bateman), mientras le explican con todo lujo de detalles cómo van a disolver a su familia en ácido. Esa es exactamente la energía que necesito para afrontar mis dramas en la oficina: impasibilidad absoluta ante el desastre inminente.

La premisa arranca con la aparentemente monótona vida de un asesor financiero de Chicago que parece el tío más aburrido del mundo. El tipo de persona que plancha la ropa interior, juega a pádel los sábados y probablemente tiene una colección de monedas ordenadas por año. Pero nada más lejos de la realidad; resulta que Marty lleva años lavando dinero para el segundo cartel más grande de México. Cuando su socio comete el error fatal de robarle al jefe del cartel, Marty se ve con una pistola en la boca y una idea desesperada: convencer al sicario de que los Ozarks, en Misuri, son el paraíso fiscal virgen que necesitan para blanquear 500 millones de dólares.


Para quien no esté familiarizado con los Ozarks, como era mi caso, es una zona de lagos semisalvaje que la clase media-alta de Estados Unidos utiliza como lugar de vacaciones para pescar, pasear en barco y fingir que desconectan de la gran ciudad. Pero bajo esa superficie de "vacaciones familiares", se esconde una red de delincuencia local que no recibe de buen grado a los forasteros de ciudad.

Lo que sigue es un despliegue de logística criminal que haría que cualquier autónomo de este país tuviera un ataque de ansiedad crónico. Marty llega a un pueblo donde todo el mundo parece sacado de una balada de country depresiva y empieza a comprar negocios como quien compra cromos en el recreo: el Gato Azul (un bar/restaurante en el muelle), un club de striptease, una funeraria... Todo sirve para lavar el efectivo. Esta serie tiene un toque innegable a Breaking Bad, pero sin el ego de Walter White; aquí lo que prima es la supervivencia pura y dura.

Si Marty es el cerebro logístico, Wendy Byrde (Laura Linney) es el espíritu y, en muchas ocasiones, la verdadera mente pensante. Para qué engañarnos: es la auténtica psicópata de la familia. Al principio, Wendy parece la típica esposa cansada de una vida nimia que busca una aventura fuera del matrimonio porque su marido está obsesionado con los números. Pero a medida que avanzan las temporadas, ves cómo se despierta en ella un hambre de poder que ríete tú de Juego de Tronos.

Es fascinante y aterrador verla evolucionar. Wendy no solo acepta el crimen, sino que lo profesionaliza y lo lleva a las altas esferas. Se convierte en una estratega que manipula senadores, casinos y fundaciones benéficas con una sonrisa gélida mientras decide quién debe "desaparecer" para que sus hijos puedan ir a una de las mejores universidades del país. La química entre Marty y Wendy no es la de unos adolescentes enamorados; aquí no hay mariposas, hay una alianza de supervivencia empresarial. Son como dos tiburones que comparten pecera: se necesitan para no morir, pero sabes que en cualquier momento uno podría morder al otro si eso garantiza su seguridad.


Si hay alguien que se roba la serie con cada frase, es Ruth Langmore. Julia Garner creó un personaje icónico: una chica de diecinueve años, menuda, con rizos de ángel y la lengua de un camionero borracho que acaba de perder una apuesta. Ruth es una chica de clase baja que ha estudiado en la "universidad de la calle", vive en una caravana y tiene más inteligencia y agallas que todo el FBI junto.

Su relación con Marty es una dinámica de mentor y alumna, de padre e hija postiza, que siempre camina sobre el filo de la tragedia. Ruth es el recordatorio constante de que, cuando los ricos juegan a ser gánsteres, son los pobres los que acaban en la fosa común. Cada vez que Ruth suelta un insulto creativo o pone en su sitio a un mafioso de dos metros, el guion gana tres puntos de calidad automáticamente.

Un aspecto que no podemos ignorar es cómo afecta este "negocio familiar" a los hijos, Charlotte y Jonah. A diferencia de otras series donde los niños son meros muebles, aquí vemos una transformación perturbadora. Jonah, en particular, pasa de ser un niño curioso a un experto en blanqueo de capitales antes de que le salga el primer pelo de la barba. Es el reflejo de la tesis de la serie: el entorno te moldea. Ver a una familia cenar tranquilamente mientras discuten cómo ocultar un cadáver o evitar una inspección fiscal es el culmen del surrealismo doméstico.

Ozark tiene un filtro tan frío que dan ganas de ponerse una manta para verla. Todo es azul, gris y verde oscuro. Al principio te choca y piensas que a tu televisión se le ha roto el color, pero luego entiendes que es necesario. Refleja la falta de esperanza, la frialdad de los cálculos de Marty y la turbiedad del agua del lago donde se esconden tantos secretos (y algún que otro cuerpo).

Además, el ritmo es implacable. No es una serie de tiroteos constantes al estilo Hollywood; es una serie de conversaciones tensas. Es ver a Marty sentado en una mesa, sudando frío, intentando explicarle a un sheriff corrupto por qué tiene tres millones de dólares en el maletero de su coche. Es el suspense de la burocracia criminal. Siempre tienen el agua al cuello, el FBI los vigila desde el muelle de enfrente y el cártel los tiene en el punto de mira desde México.


Ozark es la historia de una familia que descubre que siempre fueron monstruos; solo necesitaban el incentivo adecuado para dejar de fingir. Los Byrde no cambian tanto; simplemente dejan de actuar como "buena gente" de los suburbios. Lo que hace que destaque es su realismo sucio. No hay laboratorios de metanfetamina de alta tecnología; hay sótanos húmedos, tratos en gasolineras cutres y la constante sensación de que, por muy listo que seas, siempre hay alguien más salvaje que tú a la vuelta de la esquina (como la familia Snell y su inquietante plantación de amapolas).

Es una serie redonda, de esas que te dejan con mal cuerpo, pero con ganas de más. El final es polémico (tranquilos, no haré spoilers), pero es coherente con el cinismo absoluto de la trama. Nos enseña que el dinero no da la felicidad, pero sí compra una impunidad asquerosa. Es como ver una comedia de humor negro para los que ya tenemos edad de preocuparnos por el IRPF, el IVA y las facturas de la luz. Un viaje oscuro, cínico y brillante hacia lo peor del ser humano.

 

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