Sinners: Michael B. Jordan se lleva el Óscar por sus pecados

 

Todavía me estoy quitando el confeti del pelo y recuperándome de la resaca que nos dejó la gala de los Oscars 2026. Fue una noche de emociones intensas, de esas en las que Hollywood intenta convencernos de que son una gran familia, mientras se lanzan dardos envenenados con una sonrisa de carillas de porcelana. En medio de toda la polémica por los archivos de Epstein, en los que más de medio Hollywood aparece salpicado, la noche no defraudó en cuanto a tensión y caras largas.

Lo mejor del evento, sin duda, fue la pullita del presentador Conan O’Brien a Timothée Chalamet. Conan no pudo evitar recordarle sus recientes declaraciones donde afirmaba que no quería trabajar en el ballet o la ópera porque son disciplinas que intentan "mantener viva una cosa que a nadie le importa ya". El presentador, con una perspicacia maravillosa, soltó: "La seguridad es extrema esta noche. Me han dicho que hay preocupación por (posibles) ataques de las comunidades de la ópera y el ballet. Solo están enfadados porque te olvidaste del jazz".

Y es que, mientras Chalamet despreciaba lo "clásico", Michael B. Jordan le arrebataba el Oscar a Mejor Actor por su papel en Sinners. Al final resultó que lo que a la gente sí le importa son unos preciosos trajes de época y una actuación visceral; y no tanto el postureo intelectual.


Si habéis seguido este blog, sabéis que no me caso con nadie, pero lo de Michael B. Jordan en Sinners es para ponerse en pie y quitarse el sombrero. Él, se desdobla interpretando a dos hermanos gemelos en la Luisiana de los años 30. No es un simple truco de cámaras o CGI, es una verdadera interpretación doble en la que le confiere personalidades totalmente diferentes a un hermano y al otro. Tanto es así que, a pesar de ser aparentemente iguales, no te los confundes en toda la película.

Además, un buen traje le queda bien a cualquiera, pero a Michael B. Jordan le queda como si lo hubieran esculpido con la tela puesta. Ese contraste entre su elegancia impecable y la suciedad de los pantanos es, estéticamente, de lo mejor de la película. Además, la historia de amor de los protagonistas me pareció preciosa; le aporta un toque de luz a una trama que, de otro modo, sería demasiado oscura.

Otra sorpresa fue ver a Jack O’Connell. Muchos le conocimos en la serie de adolescentes británica Skins (El Física o Química de allí, pero más bestial) hace mil años y le habíamos perdido un poco la pista, salvo en una película de guerra que hizo, pero aquí reaparece como un vampiro que te deja helada. Su intensidad y aire de chico malo sigue intacta, aunque su aparición sea el detonante de lo que, para mí, es el gran fallo de la película.


Aquí es donde mi visión se separa de la crítica oficial: la película empieza como una obra realista, un drama social sobre la opresión en los campos de algodón al más puro estilo Django cargada de música blues y paisajes preciosos. Pero, a mitad de metraje, llega ese giro de guion fantasioso que me dejó en shock. De repente, aparecen vampiros y empiezan a cantar y bailar como si estuviéramos en un musical de Broadway. Sinceramente, ese cambio de tono me sacó de la historia; le quitó toda la seriedad y el peso social que habían construido tan bien en las escenas anteriores. A partir de aquí la historia se convierte en una especie de The Walking Dead frenético donde los protagonistas tienen que luchar y escapar de una horda de, en este caso en vez de zombis, vampiros.

Lo que me gusta de la visión de Coogler es que intenta usar el terror como metáfora (el racismo y la culpa colectiva como los verdaderos monstruos), pero creo que se le fue un poco de las manos. Al igual que en Adolescence analizábamos la manosfera como un mal invisible, aquí el mal se vuelve demasiado... irreal.

La fotografía es impecable, pero llega un punto en el que el esteticismo de la película cansa. Coogler se pone tan intenso con las escenas contemplativas que la experiencia se vuelve agotadora. Sin embargo, por muy lenta que se ponga a ratos, el trabajo de Jordan está a años luz de la desidia de Chalamet. Michael ha demostrado que se puede respetar el cine clásico y 'mantenerlo vivo' sin necesidad de ponerse pedante ni despreciar al público. Ha ganado el Oscar porque se ha manchado las manos en el barro de Luisiana, mientras otros siguen perdidos en sus discursos sobre si el ballet y la ópera son relevantes o no.

¿Y vosotros qué opináis? ¿Ese giro de vampiros os pareció una genialidad u os rompió la película como a mí? ¿Merecía Jordan el premio por encima de los otros candidatos? ¡Os leo en los comentarios!

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