The Kissing Booth: ¿Mejor Amigo o Terrorista Emocional?
El otro día, mientras intentaba sobrevivir a una intoxicación alimentaria que me tenía en una existencia vomitiva, me deslizaba por el catálogo de Netflix buscando algo que me distrajese de mi propia miseria. Con Jacob Elordi hasta en la sopa últimamente, me crucé con The Kissing Booth. Al principio pensé: "Uf, la típica americanada de instituto estilo 'A todos los chicos de los que me enamoré'" y estuve a medio segundo de pasar de largo, pero como mi cerebro estaba derretido y no encontraba nada mejor, decidí darle al Play. ¿Error... o placer culpable?
La trama es ese tipo de delirio que solo vive en una mente estadounidense: ¿Quieres recaudar fondos para caridad? Monta una "caseta de besos" en la feria del pueblo. El plan maestro de los protas (Elle y Lee) es cobrar 5 dólares a sus compañeros de instituto por intercambiar saliva con otros alumnos enmascarados. Muy higiénico todo, claro. Además, la producción de la caseta es de locos: esos dos adolescentes tienen mejores acabados que un equipo de ingenieros de Disney. En mi instituto, con suerte, habríamos pegado cuatro cartones con cinta de carrocero.
Noah, interpretado por un Jacob Elordi que es básicamente
un volcán en erupción con cuerpo de modelo de Abercrombie, es el chico malo
que, casualmente, solo tiene ojos para la protagonista. Pero aquí viene el
problema: Las reglas de amistad. ¿Qué son? Es una lista interminable
de unas 20 reglas de la amistad que Elle y Lee siguen como si les fuera la vida
en ello.
La Regla 9 (prohibido salir con familiares del otro) es
la que desencadena todo el drama adolescente. Lee se pasa media película
actuando como si su amiga fuera de su propiedad y la otra media haciendo
berrinches dignos de un niño de cinco años porque Elle se ha enamorado de su
hermano y no se lo ha contado. Obviamente Elle no se lo cuenta por que sabe de buena
tinta que Lee va a reaccionar mal.
La relación entre Elle y Lee no es tierna, es asfixiante. Viven pegados, pero además Elle se pasa el día pidiendo perdón por existir y por tener sentimientos que no encajan en el esquema de juegos de baile de Lee. Es como si Lee estuviera obsesionado con ella; hace un drama nuclear por la más mínima cosa.
Y luego está el romance de novela con Noah. Tengo que decir que, a pesar de los disparates del guion, lo mejor de la peli es su química. Es alucinante y te deja el corazón en un puño en varios momentos; logran que te creas ese fuego a pesar de que, en 2026, ya sepamos que un tío que se pelea con medio instituto y es controlador es una señal clara para bloquear su número y hacerle un ghosting legendario.
Al final, The Kissing Booth es un placer culpable; es como esa tableta de chocolate que sabes que no deberías, pero te la comes porque te hace feliz. Es un despliegue de neones y escenarios de ensueño vibrantes ideales para desconectar. Nos deja soñar con ese prototipo de chico protector que lo da todo por amor; un cliché que sigue siendo el ingrediente secreto para que nos quedemos pegadas a la pantalla como un mosquito.





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