La Sociedad de la Nieve: El Hombre vs La Montaña

 

El cine de supervivencia se ha centrado históricamente en un enfoque sobre el héroe individual. Esa figura casi mítica que, gracias a su fuerza física o una voluntad inquebrantable, logra doblarle el brazo a la naturaleza. Sin embargo, J.A. Bayona, con su llegada a Netflix a través de La sociedad de la nieve, ha decidido dinamitar esa estructura para ofrecernos algo mucho más colectivo, doloroso, real y, sobre todo, humano.

La tragedia (o milagro) de los Andes en 1972 es uno de los eventos más documentados del siglo XX. El cine ya la había explorado, especialmente con la producción de Hollywood ¡Viven! (1993). Entonces, ¿por qué volver allí? La respuesta reside en el libro de Pablo Vierci. Mientras que otras versiones se centraron en la espectacularidad del choque o en el liderazgo de figuras como Nando Parrado y Roberto Canessa, Bayona decide poner el foco en el grupo, en la comunidad.

La gran decisión narrativa —y el mayor acierto de la película— es otorgar el papel de narrador a Numa Turcatti. Sin entrar en demasiados detalles para quienes no conozcan su historia, Numa representa al espectador: no es un líder nato ni alguien con habilidades extraordinarias, sino un joven con una brújula moral inquebrantable cuya mirada dota a la película de una espiritualidad que antes no existía.

Desde los primeros minutos, la película nos advierte de que no nos va a ahorrar el frío. El trabajo de fotografía de Pedro Luque es soberbio. Logra que la inmensidad de los Andes se sienta, al mismo tiempo, como un espacio infinito de una belleza aterradora y como una celda claustrofóbica, silenciosa y bella.

El accidente en sí es una secuencia de una violencia técnica impecable. No hay música heroica, solo el sonido del metal desgarrándose y el impacto seco de los huesos. Pero donde realmente brilla la dirección de arte es en la evolución de los personajes. El maquillaje y la transformación física de los actores (un elenco joven y mayoritariamente desconocido de uruguayos y argentinos) es tan progresivo que, a mitad del metraje, el espectador siente el desgaste en su propia piel. Las costras por el sol, los labios resecos llenos de heridas y la suciedad no son atrezo; son el mapa del paso del tiempo.

Es imposible hablar de esta historia sin mencionar la antropofagia (o canibalismo). Sin embargo, Bayona realiza aquí un ejercicio de elegancia cinematográfica admirable. La película evita el morbo visual gratuito para centrarse en el peso psicológico de la decisión, la culpa, la conciencia religiosa sobre la supervivencia, la ética y la moral.

El guion transforma el acto de comer carne humana en un pacto de amor. No se nos presenta como una caída en el salvajismo, sino como la máxima expresión de solidaridad: "Si yo muero, puedes usar mi cuerpo para seguir adelante". Esta resignificación convierte lo que podría haber sido una escena gore de horror en un momento de ternura desgarradora. Es el nacimiento de esa "sociedad" que da nombre al título, una micro-civilización con sus propias leyes de supervivencia muy alejadas de las leyes a las que estamos acostumbrados en nuestro día a día dadas las extraordinarias circunstancias de los protagonistas.

No se puede reseñar esta obra sin mencionar a Michael Giacchino. El compositor abandona sus habituales fanfarrias para crear una partitura que suena a viento, a vacío y a esperanza contenida. La música no te dice qué sentir; acompaña el vacío de la montaña. En los momentos de mayor tensión, es el silencio absoluto —interrumpido solo por la respiración agitada de los supervivientes o el crujido de la nieve— lo que genera una atmósfera de tensión insoportable.

Lo que hace que La sociedad de la nieve sea una obra maestra y no solo una buena película de desastres es su tercio final. El rescate, lejos de ser tratado como un final feliz de película clásica, se muestra como un proceso extraño, casi traumático. El regreso a la civilización subraya la brecha insalvable entre quienes estuvieron en la montaña y quienes los esperaban abajo. De alguna manera, a mí me recordó a cuando los rusos llegaron a los campos de concentración y liberaron a los prisioneros tras La Segunda Guerra Mundial.

La película nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿Qué significa realmente sobrevivir? ¿Es solo mantener el pulso o es llevar contigo la memoria de los que se quedaron atrás? Al dar voz a los que no volvieron, Bayona logra que la película sea un monumento a los 29 que murieron tanto como a los 16 que vivieron.

La sociedad de la nieve es cine de alto nivel que dignifica el catálogo de Netflix. Es una experiencia física que te deja agotado, con un nudo en la garganta y una extraña sensación de gratitud. Es, en definitiva, un recordatorio de que, incluso en las condiciones más inhumanas, lo que nos hace humanos no es nuestra capacidad de resistir, sino nuestra capacidad de empatizar y entregarnos a los demás.

 

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