La Sustancia: obsesión por la eterna juventud

 


Hoy abro un melón que ya tenía ganas de abir. Tras meses de hype, de escuchar este título por todos lados, de nominaciones y premios por doquier, he decidido brindar mi valioso tiempo a esta pieza. Cuando creía que Hollywood ya había tocado fondo en su obsesión por la juventud eterna (entre otras excentricidades), llega Coralie Fargeat para recordarnos que siempre se puede cavar un poco más hondo.

La Sustancia no es solo una película; es un grito sordo de dos horas y veinte minutos que intenta sentar cátedra sobre los estándares de belleza, pero termina convirtiéndose en aquello que critica: un producto visualmente deslumbrante, pero vacío y desesperado por la validación del gran público.

Lo más sangriento de La Sustancia no es el gore, sino la realidad social que intenta retratar y en la que fracasa por exceso. Desde que tenemos uso de razón, a las mujeres se nos inocula un veneno silencioso: el miedo a dejar de ser decorativas. Se nos exige ser jóvenes, estar perpetuamente delgadas y lucir impecables, como si nuestra validez caducara con la primera arruga o cana que se nos escape.

La película lo muestra de forma grotesca a través de los directivos de la cadena. Esos tipos son la definición gráfica del desagrado: viejos verdes, sudorosos, con cámaras que se meten en sus bocas mientras mastican gambas de forma asquerosa, representando esa decadencia masculina que, curiosamente, nunca se juzga. A ellos no se les exige nada; pueden ser feos, gordos y groseros, y aun así conservan el poder de decidir cuándo una mujer deja de ser "útil".

La premisa nos presenta a Elisabeth Sparkle (una Demi Moore que se interpreta a sí misma), una estrella del aeróbic ochentero que es despedida por "vieja". En su desesperación, recurre a "La Sustancia", un suero clandestino que promete una versión mejorada y más joven de sí misma.

Lo que sigue es el primer gran insulto a la inteligencia del espectador: el kit viene con unas instrucciones en un tamaño de fuente digno de un cartel de oferta de supermercado (Arial Black tamaño 56, por lo menos), pero, irónicamente, la protagonista parece no leer la letra pequeña. Tras inyectarse el mejunje, de su espalda "nace" Sue (Margaret Qualley), una chica que no se le parece en nada. Desafiando cualquier ley biológica conocida y abrazando un pacto ficcional que roza lo absurdo, aceptamos que una espalda de 60 kilos pueda albergar a otra mujer adulta entera.

La dinámica es simple: una semana vive la vieja, una semana la joven. Pero claro, la joven Sue peca de ambiciosa y empieza a robarle tiempo a la matriz, provocando que Elisabeth se marchite. Lo que sigue es una lucha de egos donde, en un giro de guion que insulta al sentido común, Elisabeth intenta terminar el proceso de La Sustancia pero acaba reviviendo a su alter ego con un RPC – y de ahí comienza una pelea al estilo Kill Bill pero más cutre. Ver a una chica joven moliendo a patadas a una señora que podría ser su abuela no es transgresor, es simplemente incómodo de ver por las razones equivocadas.

Fargeat parece creer que ha inventado la pólvora cuando, en realidad, está recalentando las sobras de maestros que supieron manejar el horror corporal con mucha más clase:

·         David Cronenberg: Si Videodrome o The Fly eran exploraciones existenciales sobre la carne, La Sustancia es su versión para TikTok. Donde Cronenberg usaba la transformación para hablar de la psique, Fargeat la usa solo para hacer ruido visual.

·         Julia Ducournau: Comparada con la elegancia visceral de Titane, esta película se siente artificial. Fargeat tiene un exceso de presupuesto en maquillaje y una fijación casi fetichista con los planos cerrados de agujas que, a la décima vez, ya no impactan; solo aburren.

·         Showgirls (Paul Verhoeven): Hay una línea muy fina entre la sátira brillante y el ridículo. La Sustancia se toma tan en serio a sí misma que acaba resultando involuntariamente cómica.

El tramo final es un descarrilamiento absoluto. Fargeat abandona la coherencia para lanzarse al splatter más gratuito. El monstruo final —una masa amorfa de prótesis que parece un cruce entre Jabba el Hutt y un descarte de The Thing— convierte una tragedia moderna en una parodia de serie B.

Mención especial al momento en que a Sue se le cae un diente y, en lugar de intentar ponérselo de nuevo o quedarse quieta, decide arrancárselos todos y meterse un chute extra de suero. ¿El resultado? Una criatura deforme que sale de su espalda (otra vez, el misterio de la masa física: ¿cómo cabe algo tan grande en algo tan pequeño?). El baño de sangre final no evoca a Carrie; evoca a una atracción de feria de bajo presupuesto sin frenos. Es sangre por el puro gusto de manchar la lente, sin ningún peso emocional.

La Sustancia es el equivalente cinematográfico a una mierda cubierta de purpurina: de lejos brilla, pero de cerca huele mal. Su mensaje de "quiérete a ti misma o terminarás siendo un monstruo lleno de pústulas" es de una simplicidad insultante, como si trataran al espectador como a un idiota al que hay que darle todo triturado y masticado.

La película sufre de la misma enfermedad que su protagonista: está tan obsesionada con la superficie y con causar una impresión externa que se olvida de cultivar un guion que valga la pena conservar. Si buscas una verdadera exploración del horror de la identidad, mírate Persona de Bergman o Perfect Blue de Satoshi Kon. Si solo quieres ver a gente guapa pudriéndose mientras suena música electrónica a todo volumen, disfruta del viaje, pero no nos vendas que esto es arte profundo. Es una decepción sin sentido, sangrienta y, sobre todo, profundamente superficial.

 

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