Eduardo Manostijeras: Amar sin tacto
El otro día me sentía nostálgica y me apeteció volver a ver Eduardo Manostijeras (1990) de Tim Burton. Tenía un borroso recuerdo de un par de escenas grabadas a fuego en mi mente. Parece ser que había visto parte de la película cuando era pequeña en la tele, pero no conseguía hilar todo el argumento. Lo único que recordaba es que en su momento me dio miedo, y no es para menos, es una película inquietante, en la línea de lo que Tim Burton nos tiene acostumbrados.
Sin embargo, redescubrirla con ojos de adulta ha sido una experiencia radicalmente distinta. Aquellas imágenes inconexas que habitaban en mi memoria —la nieve cayendo del cielo mientras una muchacha baila, y los dedos afilados y metálicos esculpiendo setos con una destreza casi mágica— por fin han cobrado un sentido completo. Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, en su título original) no es solo un cuento de hadas gótico; es una radiografía dolorosa de la condición humana, del miedo a lo diferente y de la cruel hipocresía de la sociedad moderna.
La historia nos presenta un contraste visual maravilloso que define a la perfección el cine de Burton de finales de los 80 y principios de los 90. Por un lado, tenemos el castillo lúgubre, oscuro y desvencijado que corona la colina, un monumento a la soledad donde un viejo inventor (Vincent Price) muere antes de poder terminar su obra cumbre: Eduardo. Por otro lado, justo a los pies de la montaña, se extiende una urbanización residencial que parece sacada de un anuncio publicitario de los años 50. Casas de colores pastel idénticas entre sí, jardines perfectamente podados y una comunidad de vecinos cuya vida (aparentemente idílica de cara a la galería) se basa en el cotilleo, la fachada y una monotonía asfixiante.
El catalizador de la historia es Peg Boggs (Dianne Wiest), una entrañable vendedora de cosméticos a domicilio que, desesperada por hacer una venta, decide subir al castillo. Allí encuentra a Eduardo (Johnny Depp), un joven pálido de ojos profundos, vestido con un traje de cuero negro repleto de remaches y, lo más impactante, con unas enormes y afiladas tijeras en lugar de manos. Lejos de asustarse, la empatía maternal de Peg la empuja a llevárselo a su casa para integrarlo en su perfecta familia americana.
Pero el corazón de la película late con fuerza cuando entra en escena Kim (Winona Ryder), la hija mayor de Peg. El romance que se fragua entre Eduardo y Kim es una de las historias de amor más puras y trágicas del cine. Ella está saliendo con Jim (Anthony Michael Hall), el típico novio popular, arrogante y manipulador de instituto que personifica todo lo podrido de esa sociedad superficial. A medida que Kim descubre la sensibilidad de Eduardo, su rechazo inicial se transforma en un afecto profundo. La famosa escena en la que Eduardo esculpe un ángel de hielo y las virutas que saltan se convierten en una hermosa nevada bajo la cual Kim baila, es, sin duda, una de las cumbres estéticas de la historia del cine, potenciada por la sublime e inolvidable banda sonora de Danny Elfman.
Al analizar la profundidad de esta relación y la psicología del protagonista, resulta fascinante ver cómo Burton bebe directamente de los grandes mitos de la literatura universal. La conexión más evidente es con Frankenstein de Mary Shelley: Eduardo es ese ser creado de forma artificial cuyo creador fallece antes de otorgarle una identidad humana completa, dejándolo indefenso ante una turba social que terminará persiguiéndolo. Al mismo tiempo, el film funciona como una bellísima revisión de La Bella y la Bestia, donde la pureza interior del "monstruo" desafía las convenciones del mundo exterior, aunque con un tinte mucho más melancólico. Incluso resuena el eco de El fantasma de la ópera en la manera en que Eduardo canaliza su dolor y su aislamiento a través de la genialidad artística; donde el Fantasma utilizaba la música para comunicarse con su musa, Eduardo esculpe el hielo y la naturaleza para expresar un amor que sus manos le impiden abrazar.
Lamentablemente, el idilio dura poco. La misma sociedad que encumbró a Eduardo por ser útil y diferente no tarda en darle la espalda cuando las cosas se complican. Un robo fallido orquestado por Jim, del cual Eduardo se culpa por amor a Kim, enciende la mecha del prejuicio. El miedo a lo desconocido, que siempre estuvo latente bajo las sonrisas falsas de los vecinos, estalla con una violencia desmedida. De la noche a la mañana, el artista prodigio es etiquado como un monstruo peligroso. Las amas de casa que antes le sonreían ahora cierran sus ventanas a su paso y exigen su linchamiento público.
Burton nos muestra con una claridad desgarradora que el verdadero "monstruo" no es el ser extraño con tijeras por manos que vive en el castillo, sino la masa enfurecida, egoísta y manipuladora que habita en los chalets de colores. Eduardo, cuyo único deseo es encajar y ser amado, se ve incapaz de defenderse sin herir a los demás, porque sus propias manos, aquellas con las que anhela abrazar a Kim, son armas letales por definición, no por elección. Su gran tragedia es que no puede tocar lo que ama sin destruirlo o dañarlo.
Volver a ver esta obra maestra en una tarde-noche de manta y sofá me ha dejado un sabor agridulce, pero sumamente reconfortante. Es un film que no ha envejecido un solo ápice. Sus efectos prácticos, su diseño de producción y su fotografía siguen siendo visualmente fascinantes en una era saturada de efectos digitales sin alma. Pero, por encima de todo, su mensaje sigue estando tristemente vigente: seguimos viviendo en una sociedad prejuiciosa y cotilla que idolatra la novedad y destruye lo que no puede comprender o controlar.
Eduardo Manostijeras es, en definitiva, un visionado obligatorio para esos días en los que el cuerpo te pide una historia que te abrigue el corazón, aunque te derrame una lágrima. Una fábula gótica inolvidable que nos recuerda que la verdadera belleza y la bondad suelen esconderse en los lugares más inesperados, lejos de las apariencias y los moldes preestablecidos.
Y vosotros, ¿hace cuánto que no la veis? ¿Qué escena se os quedó grabada en la infancia? Os leo en los comentarios.





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