Spider-Man: Brand New Day – El héroe atormentado

El miércoles pasado fui a ver la nueva entrega de Spider-Man al cine sin más expectativa que pasar un buen rato al fresco del aire acondicionado. La sala estaba prácticamente llena —es increíble la cantidad de dinero que mueven estas producciones—. De entrada, confieso que nunca he sido especialmente fan del cine de superhéroes; en muchos casos llego a aburrirme tanto que me quedo dormida a mitad de la proyección. Sin embargo, Tom Holland le cae simpático a todo el mundo: aporta una frescura y un desparpajo que hacen que conectemos con él como si fuera un amigo de toda la vida.

Tras el tsunami nostálgico que supuso No Way Home —donde Marvel nos demostró que podía juntar tres Spider-Man en una misma habitación (una auténtica pasada)—, la premisa de Brand New Day prometía el ansiado regreso a las raíces. Por fin teníamos de vuelta al héroe solitario: al chaval que no llega a fin de mes para pagar el alquiler, que remienda su traje con hilo barato y pasa frío en un piso de 30m2 de Brooklyn. Además, todos esperábamos su ansiado reencuentro con MJ. Sin embargo, el resultado termina sintiéndose por momentos como un frenético anuncio de productos cinematográficos con crisis de identidad.

La película arranca exactamente donde los fans queríamos: con un Peter Parker despojado por completo de la red de seguridad de los Vengadores. Ya no hay tecnología Stark, ni satélites milmillonarios resolviéndole los cálculos, ni una tía May preparándole tostadas. Peter está solo, y la dirección se esfuerza en las primeras escenas por transmitir esa asfixiante soledad urbana que deja claro cómo, incluso en una metrópolis masiva, uno puede sentirse profundamente aislado. Esas secuencias iniciales, de estética más sucia, callejera y cercana al thriller noventero, son de lo mejor del metraje: hay una belleza melancólica en ver al trepamuros patrullar bajo la lluvia neoyorquina sin más apoyo que su propia mente.

El problema surge cuando el guion recuerda que forma parte del gigantesco engranaje de Marvel y necesita meter con calzador los ingredientes habituales del blockbuster. En lugar de permitir que la historia respire y se asiente en el drama personal de alguien que ha perdido a todos sus seres queridos porque nadie le recuerda, la trama entra en una espiral de historias secundarias que se atropellan entre sí. Pasamos de un tono introspectivo sobre el duelo a una secuencia de acción pirotécnica en cuestión de segundos, dejando la sensación de estar en una montaña rusa cuyo operador se ha tomado tres cafés de más. Sospecho que esta aceleración también responde a un fanservice enfocado en la Generación Z y en plataformas tipo TikTok, diseñado para retener a una audiencia con un attention span mínimo y evitar así que se aburran.

A nivel interpretativo, Tom Holland vuelve a demostrar que nació para el papel. Su madurez actoral es innegable: proyecta un peso en los hombros, una mirada cansada y una contención emocional que reflejan cuánto ha evolucionado el personaje desde sus días de instituto. Holland sostiene sobre sus espaldas las escenas más dramáticas con una soltura envidiable, recordando por qué sigue siendo el corazón latente de este universo.

Por el contrario, el reparto secundario sufre las consecuencias de un guion sobrecargado. Los personajes de apoyo parecen arquetipos sacados de un molde: el militar fornido que le echa una mano, el interés amoroso sin la chispa necesaria para prenderse, y unos villanos que dan tumbos sin motivaciones sólidas. Se echa de menos la profundidad y la química de entregas anteriores; la sensación de aislamiento de Peter está tan bien lograda que, irónicamente, termina aislando también al espectador.


Cabe destacar uno de los momentos más devastadores de la cinta: cuando MJ lee la carta donde Peter le declara su amor y le confiesa que no puede vivir sin ella. Es ahí cuando ella le rompe el corazón al explicarle que ni le quiere ni le recuerda. Todos hemos experimentado el dolor de una ruptura sentimental alguna vez y mientras vemos esa escena algo se nos remueve por dentro. Y es ese dolor desgarrador precisamente el detonante para que la faceta arácnida de Peter tome el control de su cuerpo y se vuelva completamente imparable.

Señalar también que varias escenas resultaban bastante innecesarias. Una de ellas es cuando Peter acude a reunirse con la Viuda Negra y ella lo obliga a desnudarse y meterse en un jacuzzi, argumentando que «esa es su oficina» y que, si no pasa por el aro, no hay charla. Una excusa descarada del guion para regalarle a los fans unos minutos de Tom Holland sin camiseta sin aportar absolutamente nada a la trama.

Por su parte, la villana me pareció bastante descafeinada: una niñata inmadura cuya única motivación es vengar la muerte de su hermana. Lo chocante es que tiene unos poderes de telequinesia brutales que acaba limitando a marear a Spider-Man, desperdiciando por completo un potencial enorme. Por momentos sentí que estaba viendo un episodio reciclado de Stranger Things, entre las ondas mentales y Sadie Sink en primer plano poniendo cara de esfuerzo mientras aprieta las mandíbulas.

En el aspecto técnico, la película ofrece un contraste desconcertante. Las secuencias de combate cuerpo a cuerpo y el balanceo en planos cortos se sienten contundentes y reales, recuperando la agilidad táctil de las mejores entregas. Sin embargo, cuando la escala aumenta y el CGI toma el control, la magia se evapora. En pleno 2026 resulta difícil justificar que ciertas persecuciones sigan luciendo como un videojuego de generación anterior donde la gravedad es una mera sugerencia. La banda sonora, por su parte, cumple sin pena ni gloria, apoyándose en los acordes clásicos para arañar emoción cuando el ritmo narrativo flaquea (mención especial a los primeros acordes de Bad Bunny que pudimos escuchar en un momento de la película).

En definitiva, Spider-Man: Brand New Day no es una mala película. Tiene momentos de brillantez genuina, secuencias que sacarán una sonrisa al público y una interpretación central impecable que rescata el conjunto en sus minutos más flojos. Pero tampoco es el golpe en la mesa ni la reinvención radical que nos prometieron en la campaña promocional; es una entrega de transición entre el gran espectáculo del pasado y un futuro que aún no termina de perfilarse y que queda muy en el aire tras la escena postcréditos - ¿Qué demonios hace Spiderman flotando en el universo?

Para disfrutarla plenamente conviene ajustar las expectativas: id al cine a ver a nuestro hombre araña favorito meter la pata, lidiar con la burocracia y desilusiones de la vida adulta y desplegar un par de acrobacias espectaculares, pero no esperéis una gran obra maestra del género. Es una cinta simpática, entretenida y con el toque justo de nostalgia, ideal para acompañar con un buen cubo de palomitas y comentar entre risas algunos momentos con tus acompañantes.

¿Y tú, eres más del Spiderman de Tobey Maguire, Andrew Garfield o Tom Holland? Yo me quedo con Tom.



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